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UNA EXTRAÑA PRIMERA DAMA

Evita aceptó las responsabilidades que su condición de esposa del Presidente le imponían y en ningún momento dejó de cumplirlas. “Newsweek” le advertía al mundo que “nadie tiene tanta influencia sobre su líder, como su mujer, la cual se está convirtiendo rápidamente en la mujer detrás del trono”.

“Pude ser una mujer de presidente como lo fueron otras. Es un papel sencillo y agradable; trabajo de los días de fiesta, trabajo de recibir honores, engalanarse… es casi lo mismo que pude hacer antes, y creo que más o menos bien, en el teatro o en el cine”.  En su autobiografía fue todavía más contundente: “La mujer de sociedad… su vida no tiene objetivos… Llena de apariencias, de pequeñeces, de mediocridades y de mentiras, todo consiste en representar bien un papel tonto y ridículo”.Evita aceptó las responsabilidades que su condición de esposa del Presidente le imponían, en ningún momento dejó de cumplirlas: se engalanó cuando tuvo que engalanarse: en el teatro Colón, en su viaje a Europa. No dejaba de disfrutarlo: algo de Norma Shearer todavía le quedaba. Pero desde el primer momento también emprendió actividades fuera de todo protocolo. En enero de 1947, en un discurso dirigido a las mujeres peronistas les dijo: “ser la esposa del general Perón, vuestro presidente, me hizo adquirir la noción paralela de ser la esposa… del luchador social”.

Ya sabemos que, según el mismo Perón, se había convertido en “su sombra” ya antes de ser Presidente. Pero ahora, la primera actividad no protocolaria en que le iba a resultar imprescindible a su marido fue la de cumplir el mismo papel que había asumido Perón en la Secretaría de Trabajo: recibir todas las mañanas a cuanto dirigente sindical de cualquier sindicato y de cualquier provincia viniera a plantearle sus problemas al “coronel” (aunque su marido ya fuera general, a ella le gustaba, cuando estaba con “los muchachos”, llamarlo “el coronel”). El problema, para el Presidente y para ellos, era que las múltiples funciones presidenciales hacían imposible ahora aquel contacto cotidiano al que ni él ni ellos querían renunciar. Atilio Bramuglia, abogado de los ferroviarios, ni lerdo ni perezoso, sabiendo el enorme potencial de poder político que ocupar ese cargo significaría para cualquiera en un gobierno como el de Perón, se ofreció para el cargo de Ministro de Trabajo. No tuvo éxito en su postulación por dos motivos: 1) Evita lo odiaba desde los días previos al 17 de octubre 2) Perón quería empoderar a su mujer en esa área clave. Nombró ministro de Relaciones Exteriores a Bramuglia, y puso de flamante Ministro de Trabajo a un sindicalista del gremio del vidrio perfectamente desconocido, mientras le habilitaba una oficina a su mujer, sin cargo oficial alguno, en la Dirección de Correos. Al poco tiempo, la oficina de Evita se instaló en la misma en que había trabajado él, para hacer exactamente lo que él había hecho antes. Allí concurría todas las mañanas, siempre sin cargo oficial, salvo el de “Señora”, esta insólita primera dama, a escuchar los problemas que quisieran plantearle al presidente, cualquier problema, los más diversos dirigentes sindicales. Los sindicalistas que nunca se le presentaron siquiera a saludarla fueron los veteranos, los que habían fundado el partido laborista: Gay, Domenech, Reyes o Monsalvo, sabían bien que ella venía a sustituirlos.

En poco tiempo, asesorada por Isabel Ernst, que trabajaba allí desde los tiempos de Perón secretario, los obreros que la visitaban comprobaron que ninguno de sus planteos dejaba de llegar al presidente y que, los miércoles por la noche, podían conversar directamente con él en la residencia presidencial, mientras Evita permanecía en una habitación contigua. Ella y ellos se encompincharon tanto, que hasta hablaban de asuntos personales, ella misma participaba en la solución de sus problemas, los acompañaba a las reuniones de conciliación con los patrones que no querían respetar las ocho horas ahora reglamentadas. Les resolvía ella y no el presidente los problemas fáciles de resolver. Evita disfrutaba enormemente del contacto con “los muchachos” hasta el punto de olvidarse frecuentemente de que llegaba la hora del almuerzo y su marido tenía que almorzar solo.  Cuando viajaba al interior, nunca dejaba de visitar los sindicatos en sus sedes provinciales. Demostró tener una prodigiosa memoria para retener caras, nombres y pedidos. Cuando los mencionaba en sus discursos, acostumbraba repetirles que ella no era nadie, que se consideraba “el puente” que los hacía llegar hasta Perón. “¡Usenmé!”, les repetía una y otra vez.

Para ese entonces, la oposición de cualquier pelaje, de izquierda o de derecha, empezó a considerarla la persona más poderosa del país, después de su marido, y la calificaba unánimemente de hipócrita y resentida. El diputado Sanmartino, nuestro conocido “zoólogo”, presentó un proyecto de ley que prohibiera a la esposa del presidente de la república cualquier prerrogativa o representación gubernamental sólo por ser la señora del presidente. El proyecto fue olímpicamente ignorado y “La Señora” aumentó cada vez más su presencia y participación en las más diversas áreas y actos del gobierno. El corresponsal del “Newsweek” en Buenos Aires, ya en el mes de mayo de 1946, le advertía al mundo que “nadie tiene tanta influencia sobre su líder, como su mujer, la cual se está convirtiendo rápidamente en la mujer detrás del trono”. No se equivocaba el periodista: cuando los veteranos dirigentes Gay, Reyes o Monsalvo perdieron todo poder en el movimiento obrero y José Espejo, gran compinche de Evita, pasó a ser el Secretario General de la CGT, en diciembre de 1947, la influencia de Evita y el poder de Perón en la dirigencia obrera se consolidaron considerablemente.

Aunque ya hemos estudiado el tema, conviene recordar que ese poder nunca fue absoluto: cuando en 1951, los ferroviarios de todo el país pararon pidiendo mayores sueldos y la suspensión de la intervención de sus sindicatos, “la Señora” se subió a una zorra de mano, sin custodia alguna, y fue a discutir mano a mano con un piquete de huelguistas. Nadie le tocó un pelo, aunque fracasó en su gestión conciliatoria. Fue Perón el que “convenció” a los huelguistas: puso a cienes de ellos detenidos bajo jurisdicción militar. Recién cuando lo convencieron de que eran ferroviarios pero peronistas y depuraron la dirigencia de socialistas, comunistas y anarquistas, Perón les levantó la detención, les devolvió el manejo del gremio y les consideró un aumento de sueldos.

Ya sabemos que representó al Presidente en su viaje a Europa, que firmó en su nombre un generoso crédito a España para el envío de miles de toneladas de carne y trigo, en momentos en que los españoles estaban sufriendo una hambruna castigo porque su gobierno había enviado la división azul a combatir contra los soviéticos, mientras se declaraba neutral, durante la 2ª guerra mundial. El acto significaba la ruptura argentina del bloqueo que los EEUU y sus aliados le habían impuesto a la España de Franco. Así es como debe entenderse la ovación de las multitudes madrileñas a Evita. Así es, también, como deben entenderse los homenajes que se le tributaron en Francia, Italia y Portugal: trigo y carne. Mientras, en Río de Janeiro, Perón negociaba con los yanquis y firmaba el TIAR. Y allí también hubo homenajes a su esposa.

Decididamente, esta no era una primera dama normal. Su protagonismo sólo podía compararse al de Eleonor Roosevelt en los Estados Unidos, pero esta había nacido rica, era sobrina de un presidente anterior y dirigente política activa en el campo de los derechos humanos y femeninos desde hacía mucho tiempo antes de convertirse en primera dama. Eva Perón tenía detrás una historia muy diferente, y por delante, otra historia mucho más diferente todavía.

A su regreso de Europa tenía muy claro lo que iba a hacer: 1) Empujar la aprobación del voto femenino, que Perón había prometido en su campaña. 2) Fundar el partido peronista femenino, con la prohibición explícita de que ningún varón, ni siquiera su marido, participara en él. 3) Crear una Fundación de ayuda social directa, autónoma, personalizada, desburocratizada, micropolítica, que llegara a los pobres más pobres de todo el país, a los sin trabajo, a los viejos sin jubilación, a las madres solteras, a las chicas que venían del interior a buscar trabajo a Buenos Aires, a los enfermos sin obra social alguna, a los sin techo, a los huérfanos más huérfanos, a las villas miserias más miserables.  Seguía los concejos que monseñor Roncalli le había dado en París. Ni siquiera quería limitar la ayuda a la Argentina, quería llegar con ella a todos los pobres del mundo, a las catástrofes más trágicas en cualquier lugar en que sucedieran. Ya no se conformaba con soñar en llegar a ser una Norma Shearer, ahora soñaba con que no hubiera, algún día, un solo pobre más en el mundo. “Entonces la Fundación dejará de existir, porque ya no será necesaria”. Mary Maine, la autora norteamericana de la biografía más gorila que se escribió sobre ella, la calificaba por eso de megalómana y le auguró la locura. Ya me voy a ocupar del libro de Mary Maine: se llamó “La Dama del Látigo”.

 Quiso empezar de a poco, pero pronto le comenzaron a llover cartas con los más variados pedidos desde todos los rincones del país, desde viviendas hasta dentaduras. Desde comienzos de 1948, la Fundación Eva Perón comenzó a funcionar a toda máquina, se convirtió en una oficina con más de mil colaboradores, y Evita a dedicarle 18 horas de trabajo diario. Y no tenía status oficial alguno.  Ahora ya no se llamaba Eva Duarte, ni siquiera Eva Duarte de Perón, ahora la llamaban Evita. Tenía 29 años, le quedaban cuatro años y unos meses más de vida. Cuando su marido o sus colaboradores la querían parar, ella les contestaba “no tengo tiempo”, la misma respuesta que les daba a ella y a sus hermanas, doña Juana, cuando pedaleaba la Singer hasta las dos de la mañana, aunque le reventaran las várices. Ella superó el record laboral de su madre, solía atender a los pobres hasta las cinco de la mañana. Su popularidad subió hasta las nubes: las masas obreras comenzaron a pedirle que les hablara, ella también, desde los balcones de la Casa Rosada: lo hizo por primera vez el 1º de mayo y repitió el 17 de octubre de 1948. Desde el día de su muerte, fue su trabajo en la Fundación la que iba a convertirla en Santa Evita.

En la próxima entrega, entraré de lleno a mostrar lo que hizo Evita, en y con su Fundación, aún ya estando enferma, hasta que el cáncer la detuvo.

ESPACIO CULTURAL

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