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LA BATALLA CULTURAL Y LA TEMIBLE EMERGENCIA DE LIBERSAURIOS

Milei fue invitado como expositor en el aniversario del Club de la Libertad de Corrientes con la intención de lograr una consolidación ideológica creando su propio relato del modelo libertario.

En el décimo aniversario del Club de la Libertad de la ciudad de Corrientes, ofició como expositor invitado el presidente Milei. En este primer viaje al interior se manifiesta una intención de consolidación ideológica del modelo libertario, postulando el alcance de la batalla cultural como contracara de la política, y alimentando a su vez el anhelo de “parecernos a Alemania”, en la pretendida necesidad de sacrificio ante el ajuste. El por qué se inmola el poder adquisitivo en la hecatombe de la liquidación del Estado precisa de un relato: el mismo que corre de escena a la política para constituir la legitimidad en consonancia con la cultura libertaria.

La pregunta aquí es, ¿por qué la batalla cultural?, ¿cuál es su necesidad, su lógica, en este momento histórico en que gobierna el libertarismo?, al fin y al cabo, el foco central de la entrevista que desde el Club de la Libertad le realizan al presidente Milei gira en torno a la batalla cultural. Algunas claves nos las da el entrevistado: “la batalla culturalno se tiene que dejar de lado […] no es cultural o política; es cultural y política”. Y, argumenta:  “Entonces si yo decido discutir con un artista popular, el problema no es el artista popular. Se imaginan que me ponga a hablar de Gramsci y cómo interactúa el tema de la educación y los medios, la cultura. Me pongo a hablar de eso y es un bodrio” […]. Sigue: “Ahora, si yo mediante una discusión de esas características te traigo a la mesa todos los excesos que cometen gobernadores e intendentes con los recursos usurpados del sector privado, porque yo no dejo de pensar que el estado es una organización criminal violenta que se financia con una fuente coactiva de ingresos llamado impuestos; si ustedes entienden que los impuestos son un robo y que jamás un político lo va a poder gastar en lo que ustedes quieren de la manera que ustedes quieren; si esos recursos que robaron se utilizan en artistas para venderles el pescado podrido de la política, le están robando el dinero para además lavarle el cerebro”. En esto reside la clave de la batalla cultura, en “lavar el cerebro”. Pero vamos a decirlo de un modo un más poético, tal como lo canta Gustavo Cerati: “después de un baño cerebral / estaba listo para ser amado”. De este curioso amor es de lo que se trata.

El presidente quiere que lo amen en medio del ajuste, que sostuvo siempre como bandera, aunque antaño tenía como target la clase política. El “lavado de cerebro” es lo que permite en el plano de la superestructura ideológica, de acuerdo a los conceptos de Antonio Gramsci, justificar el ajuste brutal. ¿Se trata de una batalla cultura y política? En modo alguno, es más cultural que política: cuando fracasan las negociaciones institucionalizadas para llevar adelante las medidas de gobierno no queda otro camino para construir legitimidad. Declarar que el congreso es un “nido de ratas”, e indicar la relevancia de la batalla cultural, son dos caras de la misma moneda; sobre todo cuando el no se goza de mayoría parlamentaria. El mismo Gramsci las separaba, pues ponía la batalla cultural en el seno de la sociedad civil, no desde la estructura partidaria sin más, de ese Príncipe que rebautizó, en continuidad con Maquiavelo, como partido político, sino de cualquier tipo de manifestación discursivo política que implicara la construcción de hegemonía desde la sociedad civil, desde las individuos que no dirigen sino que militan. El partido conduce; la militancia, convence y discute: en la calle, en la mesa. A esa militancia libertaria que no conduce pero que debe discutir y convencer el vicejefe (La “jefa” es Karina) dirige la entusiasta invitación a sumarse al barro de la política y realizar, finalmente, el anarcocapitalismo. Llamativamente no apareció la hegemonía en el discurso, ni la articulación de una voluntad colectiva nacional y popular, elementos fundamentales de la batalla cultural gramsciana. ¡Imagínense si esto último apareciera! Pero este Gramsci hace amalgama con el espectro de Rothbard.

Con el viaje del presidente a la ciudad de Corrientes toman cuerpo en un mismo acto dos gestos, con sus efectos: por un lado, se reconoce el aporte del gobernador, no sólo a su campaña, al garantizar la fiscalización de los votos de Milei en el ballotage, sino en el rol tan necesario, como frágil, de sumar los votos a la ley Ómnibus. Expresa el reconocimiento a un sector de la UCR, el dialoguista: la máxima siegue siendo “divide y reinarás”. El gobernador responde a ese sector, que tanta falta hace –recordemos que el FMI le pide a Milei la aprobación del congreso respecto a las medidas a implementar para refinanciarle el pago de deuda hasta abril–, pero en que siempre hay un dejo de desconfianza: en definitiva, el gobernador correntino tuvo su reunión con el demonizado Rodríguez Larreta para forjar un tipo de coalición alternativa a Juntos por el Cambio; también conversa con su par de Santa Fe, este sí considerado traidor: tal vez por eso  no lo incorporó en la agenda el jefe de Estado. Pero sí le financió la transmisión nacional del carnaval. Nos sale al paso una palpable contradicción: ¿Milei critica el uso cultural de los fondos que el Estado criminal roba a los contribuyentes para financiar eventos culturales y al mismo tiempo, o inmediatamente antes, financia con dinero del Estado el evento de carnaval? Respondemos lo siguiente: en política las contradicciones se licúan como el salario de la clase media. El principio de no contradicción no rige sino en el ámbito formal del discurso, para nada es aplicable al campo de los efectos, que marcan la cancha de la política. El mismo Aristóteles, que trata sobre política largamente y teoriza en su tratado sobre metafísica sobre el PNP (principio de no-contradicción), no la sitúa en absoluto en el plano de las acciones, muchos menos del gobierno.

Como un padre frente a un hijo descarriado, en el saludo cara a cara, le reconoce el presidente al gobernador su ambición de poder, su tendencia a forjar planes alternativos, pero vuelve siempre con la misma admonición: “frente a los traidores no hay tabula rasa”. Resignifiquemos estas palabras, en un imaginario diálogo con la almohada que cada gobernador argentino en febrero del 2024 realiza consigo mismo en la interminable noche: “temo despertarme con la pesadilla recurrente que se llama “marzo, abril, caos social, etc.””. Desde esta última perspectiva, no podría criticarse al gobernador en función del pragmatismo político, no tiene opción. Si no se le incendia la provincia, mantiene la gobernabilidad, y tiene chances su hermano como candidato a la gobernación, continuando con ello la larga historia de linajes, en este recorrido de museo que pasa por las estaciones Romero Feris, Colombi, etc. Zdero, Valdés, son gobernantes que, más allá de los movimientos fluctuantes de Valdés, ofician de modelo. Les sirve a ambos: a uno para gobernar, al otro para disciplinar y desde allí gobernar. Recordemos que el ajuste cae sobre los sectores más vulnerables de las provincias, en el marco de un plan de desfinanciamiento del Estado provincial por el Estado Nacional, a través del manejo discrecional de los fondos coparticipables. Este es, podríamos decirle, el efecto político del viaje a la ciudad de Corrientes y el cordial saludo al gobernador, que lo recibió al son de trompetas.

Pero hay otro efecto, y esto es el más interesante de destacar: el efecto en el plano de la cultura, en la explícita batalla cultural. El presidente fija agenda para dar una charla a libertarios, en un salón preparado al efecto. Quiere decir lo siguiente: es más importante compartir la celebración de una unidad básica del libertarismo que el tejer alianzas in situ con los mandatarios (para tales faenas manda a su ministro Francos, como es el caso de su viaje a Salta). Al fin y al cabo, los gobernantes conforman también la casta, y son los responsables últimos de hacer caer las negociaciones parlamentarias. En esta puesta en escena del discurso a los militantes, batalladores de la batalla cultural, parecería querer decir el ícono mundial del anarco-capitalismo: “allí donde dos o tres se junten en mi nombre, allí estaré entre ustedes” (Mateo, 18:20). Para la batalla que libra en el plano de la superestructura ideológica, que cobra su sentido al intentar convencer acerca de la necesidad del ajuste, de que “este” es el “camino correcto”, no se ahorra en creatividad. La capacidad de nombrar es un atributo también político, como el de el atributo de “libersaurio”, límite del liberalismo, ese otro que “no la ve”, ya por tener su brújula ideológica en el anticuario. Central es marcar el límite al espectro ideológico del militante, no marcarlo es derribar la convicción.

Lo cierto es que este tipo de batalla no es nuevo. Las ideas que se esgrimen con esto tampoco lo son. En un discurso equilibrado en gran parte, conciso, no exorbitado, el presidente juega una carta que expresa debilidad política, incapacidad para articular consensos: se lo pide el FMI, no olvidemos esto, actor este central, es la Casta ante la que la casta tiembla, incluso la “anti-casta”. Aunque, mirándolo más de cerca, me temo que no se trata en semejante régimen político anarco-capitalista-libertario de tejer consensos, no sólo por la radicalidad de las propuestas, sino por el descomunal ajuste que propugna, asumido por sus mismos artífices como factible solamente en un corto plazo. Mises, el maestro liberal, que visitó Buenos Aires en 1959 invitado por Benegas Lynch padre, entiende la democracia de mercado como un plebiscito permanente. El escogido por la masa de ciudadanos para gobernar fue elegido como un producto mesiánico que pretende solucionar la vida política y económica de los consumidores, los “verdaderos soberanos”. La urdimbre se teje desde el producto al comprador y de este al producto: la casta de intermediarios debe eliminarse como los que interceden en el incremento de precios de cualquier producto, tergiversando su valor de mercado. La casta es percibida como la nefasta clase intermediaria que vive del Estado, que vive a costas del consumidor de la política pública. De un Estado que debe desaparecer, salvo en lo que respecta a la función represiva.

La legitimidad, el apoyo popular a las medidas de ajuste, es el premio mayor a conquistar de manera permanente, el soporte material que pone en juego la batalla cultural, tal representa la avenida ancha para la justificación ideológica del sacrificio que se impone ante el “inexorable” ajuste orquestado a medida del establishment: verdadero poder por sobre la jefe y el vicejefe. Es la única carta. Lo otro es la casta, y lo otro de todo este conjunto de ángeles y demonios es la catástrofe social, la calamidad. Si es que ya no estamos inmersos en ella, junto a ángeles y demonios.

ESPACIO CULTURAL

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