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¿QUIÉN NOS HA QUITADO LA COMIDA?

El primer lunes de agosto, los ojos del mundo estaban puestos en un barco que salía del puerto de Odesa con 26.000 toneladas de maíz ucraniano, el primer cargamento de este tipo desde la invasión rusa de Ucrania a finales de febrero.

Durante meses, todas las revistas y periódicos publicaron el mismo titular: Se avecina una crisis alimentaria mundial. Los precios récord de los alimentos habían sumido a millones de personas en la inseguridad alimentaria y a las comunidades en la pobreza. Poco después de que las tropas rusas entraran en Ucrania, el precio del trigo se disparó un 70 por ciento y lxs líderes y lideresas occidentales trataron de vincular la subida de precios a la guerra. Rusia, a su vez, culpó a las sanciones estadounidenses y europeas impuestas contra ella, y Ucrania y Europa culparon al “bloqueo” de los puertos ucranianos.

Pero la crisis del hambre es anterior al conflicto. “Casi una de cada tres personas en el mundo (2.370 millones) no tenía acceso a una alimentación adecuada en 2020”, según un informe de 2021 de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Sin embargo, la producción y el suministro, especialmente de productos básicos como el trigo, no han cambiado mucho. Mucho antes de que los cereales salieran del puerto de Odesa, los precios del trigo, que se habían disparado desde febrero de este año, ya habían bajado: a mediados de julio, cayeron a los niveles anteriores a la guerra.

Producimos alimentos más que suficientes para alimentar a toda la población mundial. Sin embargo, nuestro pueblo pasa hambre. El aumento de los precios de los alimentos de este año, y de hecho de los años anteriores, nunca se debió a la interrupción del suministro, al menos no exclusivamente, sino a la especulación y usura en los mercados, un hecho que se ha ignorado en todos los informes importantes sobre la crisis alimentaria del Banco Mundial, la FAO y otras instituciones internacionales.

Nuevos datos de Lighthouse Reports, una organización europea sin ánimo de lucro, muestran que la especulación en los mercados de materias primas es el motor dominante de la subida de precios, siendo los especuladores responsables del 72 por ciento de toda la actividad de compra en el mercado de trigo de París en abril.

Crean hambre porque pueden hacerlo. Cada año, decenas de millones de agricultorxs de subsistencia son expulsadxs de sus tierras por las multinacionales de la agroindustria. Este proceso –en su escala, casi sin precedentes en la historia de la humanidad– destruye la producción agrícola sostenible y obliga a las personas a vivir en barrios marginales, donde el acceso a los alimentos depende de los precios y los ingresos. La pobreza, y no la sub producción, es la causa del hambre.

Durante décadas, fuerzas populares como La Vía Campesina han luchado por construir un sistema alimentario mundial más justo. Se puede hacer: la huelga de agricultorxs de la India de 2020-21, que consiguió anular tres leyes agrícolas neoliberales, nos da confianza sobre el poder del pueblo para resistir al régimen global del hambre. Pero para ganar, las fuerzas populares tendrán que ir más allá: ganar el poder del Estado y ejercerlo para recuperar los alimentos de las garras de quienes se benefician de nuestra hambre.-

ESPACIO CULTURAL

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